Berlín me enamoró

Un friíto en el estómago y un salto en el corazón. Estas fueron mis primeras sensaciones al pensar a Berlín como destino de viaje. Y es que contrario a lo que pasa con New York, Madrid, Venecia o París, la capital de Alemania no está en el top ten de las ciudades que los dominicanos acostumbramos o soñamos con visitar.

. Por eso lo percibimos como un destino lejano y desconocido. Su pasado histórico y su famosa cerveza es la poca referencia que tenemos. De ahí, que ante la inminente noticia de mi viaje, mi mamá se alió con las vecinas, mis mejores amigos y mi abuela para darme el mismo sermón: “Muchacha, cuídate por allá, que ese país está muy lejos”.

Pero del miedo al amor, también hay un solo paso. Sólo hizo falta llegar, tener las primeras vistas de la naturaleza, de los monumentales edificios que hay en los alrededores del Tegel Airport, y comenzar a sentirme como una morena bella y exótica para saber que estaba en un viaje especial, ante un destino único y viviendo una de las experiencias más importantes de mi vida.

Aprender a moverme sola por esta gran ciudad y entender la lógica de su sistema de metros y trenes, los primeros que veía en mi vida, fue mi mayor reto. ¡Que miedo me daba perderme! Pero lo logré y una vez superada esta fase, como fiel amante de la historia y sabiendo que estaba en un país que tuvo relevancia en hechos como la Segunda Guerra Mundial, uno de los primeros puntos de mi agenda, fue la visita al lugar donde estuvo Muro de Berlín, esa histórica pared que separó a la República Federal Alemana de la República Democrática Alemana. Al hacerlo, sentí que abordaba una máquina del tiempo con destino al pasado. Me transporté hacia mediados del siglo XX y, gracias a una excelente exposición fotográfica permanente, pude ver cómo lucía el muro, el sistema de seguridad a su alrededor, y como las personas intentaban cruzarlo.

Ya que estaba metida en mi vena histórica, aproveché para visitar el centro histórico de Berlín. ¡Fue una de las mejores decisiones que tomé! La máquina del tiempo me llevó a un pasado aún más lejano y pude conocer la zona más bella que hay en el mundo: con muchas edificaciones antiguas y una naturaleza bellísima. Deleitado este paisaje me dispuse a recorrer monumentos importantes, entre ellos: La archifamosa Puerta de Brandeburgo, construida en 1791 y hoy representación de la separación y la reunificación alemana; la popular calle Unter den Linden, cubierta de tilos a ambos lados, e ideada por Federico I de Prusia; la Isla de los Museos, que alberga algunos de renombre internacional , y la plaza Alexanderplatz, uno de mis lugares favoritos por los aires cosmopolitas y de libertad que se pasean en ella, y que se convirtió en mi lugar preferido para sentarme a tomar un café en el Starbucks Coffee, hacer amigos de países distintos y aprovechar para revisar mi correo electrónico.

Una vez satisfecha mi curiosidad histórica, decidí satisfacer entonces la artística. Aquí comprobé la riqueza artística de Berlín, ya que en su pinacoteca, conocida como la Gemäldegalerie, pude apreciar las obras de artistas tan famosos como son Rubens y Rembrandt. ¡Que dichosa y especial me sentí al contemplar de cerca sus cuadros!

También quise conocer cómo era el teatro y la música alemana. Por lo que para lo primero vi una obra bastante contemporánea, aunque un poquito rara, y para lo segundo una ópera muy clásica (Aida), con lo que comprobé que el arte alemán es apto para todos los gustos y edades.

Pero, no podía cerrar la parte artística de mi agenda sin visitar el Museo del Holocausto, un monumento diseñado por el famoso arquitecto estadounidense Peter Eisenman, y que a través de 2,711 losas grises, que simbolizan lápidas, busca preservar la memoria histórica de los judíos que fueron víctimas del régimen fascista. Tengo que admitir que este fue el momento más triste de mi viaje. Este monumento me transmitió mucha solemnidad y fue inevitable pensar en las personas caídas. Pero también me hizo ver como Alemania está enfrentando sus errores históricos, porque, por ejemplo, en España no hay un monumento para recordar a las víctimas de la colonización, ni en República Dominicana a los de la matanza haitiana, pero tampoco en Haití a los de la Dominación Haitiana.

Ahora sí, cumplidas mis misiones históricas podía entrar en contacto con el poco conocido Berlín joven y bohemio. Fue muy agradable conocer que no sólo de historia y arte vive esta ciudad. En Berlín, también hay espacios para la vida nocturna. Los bares abundan y en algunos de ellos, a ritmo de música electrónica y sabrosos Gin tonics, viví noches muy animadas y divertidas, que sin ningún problema se extendieron hasta la madrugada, ya que hay mucha seguridad ciudadana.

También conocí el Berlín underground. Visité las estaciones subterráneas del metro y en el marco de su vida suburbana, me tomé varios cafés, compré ropas y suvenires a precios económicos, y entré en contacto con la población migrante al degustar un “Döner Kebab”, sabroso plato de origen turco que desde ese entonces es uno de mis preferidos.

El resto del viaje se me fue en caminar mucho, algo muy habitual en Europa. Con el mapa en la mano y practicando mi inglés, pude apreciar esa extraña y divina mezcla de lo histórico y lo moderno que se observa en Berlín. Caminar la ciudad y encontrar a la vez huellas del Muro de Berlín y modernos edificios como el Sony Center, donde hay unos lounge chulísimos. Caminar y disfrutar de los espacios verdes, que aunque es una gran ciudad, aquí abundan.

Ya luego, como buena dominicana, me hice fanática de la usanza germánica que consiste en acompañar con una gran jarra de cerveza, cuyo sabor elegí de la amplia variedad alemana, las comidas, que van desde las tradicionales salchichas hasta sopas, panes, ensaladas y goulash. ¡Todo sabroso! Que sorpresa ver a niños y a ancianos tomando cerveza, aunque sin alcohol.

Al final acabé enamorada. Suavecito, como canta Arjona, Berlín me enamoró. Hoy día siento por esta ciudad, no un amor cursi, como el que inspiran París o Venecia, sino uno racional y sosegado, que nació de transitar las venas de sus heridas abiertas, del placer de encontrarme decenas de negros que me sonrieron, de recordar al parlanchín joven alemán que en un inglés esforzado me recomendó algunos lugares de la ciudad, de que una chica blanca como la leche, Kristina Bauer, se cuente, desde esa visita, entre mis buenas amigas. Sí, Berlín me enamoró y su magia permanece en mí, tan eterna, como lo hace el encanto de los primeros amores. Su huella es imborrable. Mientras más conozco otros rinconcitos del mundo, más le amo, le añoro y confirmo que definitivamente Berlín merece una visita. ¡Anímate!